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Rionas de la finca Las Retamas, a orillas del rio Abaucán

Hubo un en un tiempo, en orilla izquierda del río Abaucán una orgullosa finca, Las Retamas. La casa, los establos y almacenes asentaban sus cimientos al borde del acantilado, a veinte metros sobre La Zanja, como se conoce al cauce. Hasta durante la temporada de lluvias está seco. No hay que fiarse mucho, cuando llueve, allá arriba, en la montaña, sus crecidas pueden ser devastadoras.

Vistas sobre el río Abaucán desde la finca Las Retamas

Sin embargo lo que provocó el abandono de la finca no fue el río, sino la arena. Todo el recorrido del río Abaucán, desde más arriba de Instataku, Los Nacimientos, fue un Bosque. Churquis, Breas, Espinillos, Jarillas, Retamas, Chañares y Algarrobos. La ambición excesiva los fue mermando hasta crear el paisaje desértico que se ve hoy.

Al desaparecer el Bosque las arenas se sintieron libres de volar. Son médano. Y el medano cubrió las cosechas como cubre hoy las ruinas de la casa, y las memorias de tiempos antiguos.

Esta es una reflexión, caminando el curso del Abaucán, desde Fiambalá hasta Saujil, el oasis donde el agua brota da abajo de los derrubios que viene bajando de la montaña.

El manantial, después de regar las viñas, vuelve a sumergirse bajo la arena y en la orilla. Entre lo plantado y el médano una delgada franja de bosque nos recuerda lo que una vez habrá sido.

En Saujil el agua surge de bajo los sedimendos bajados de la alta montaña

Y da esperanza de lo que alguna vez pueda volver a ser.

Evitando que nos cubra la arena.


Actualizado: 5 sept 2022


Vivíamos en el Valle muy contentos. El Bosque nos proveía de alimento. El manantial agua cristalina. A veces salíamos a cazar. Del Río obteníamos arcilla para producir utensillos. De las piedras, herramientas y armas. Agradecíamos todos los días a la Madre Tierra por su generosidad y al Sol por su luz y calor.

Pero, un día vinieron los hombres del Norte, con sus normas, costumbres y dioses. Descontentos migramos a las montañas por donde asoma el Sol a vivir como nos enseñaron nuestros antepasados. Sobre una escarpada torrentera pircamos El Pucará.

Defendidos por la montaña sobrevivimos abuelos, hijos y nietos y los hijos de los nietos. El agua y el alimento lo traíamos fatigosamente del fondo de la quebrada. Temíamos las tormentas de verano. A veces el agua bajaba con furia rozando las puertas de nuestras casas amenazando arrastrarlas.

A veces volvíamos al valle a cambalachear.

En tiempos de los nietos de los abuelos llegaron los Pechos de Plata y Filos de Muerte. Bajar al valle era arriesgarse. Muchos no volvían.

En la quebrada nació un pueblo. Buscar agua y alimento se convirtió en un peligro. A nuestras penas se sumó el hambre.

Las dificultades nos obligaron a abandonar el Pucará.

En el Valle nos enseñaron la religión.

Nos enviaron a trabajar lejos.

Así perdimos nuestra amada tradición.

ADVERTENCIA: Cualquier parecido con una historia real es mera coincidencia... pero hay unas cuantas

Actualizado: 12 ene 2022

Detrás de cada Piedra, cada miga de vasija, buscamos una historia, un cuento, un antiguo poblado.

Todos los caminos parecían llevar a Mishma. Seguimos barrancos, rastros de las crecientes del río Apocango. Mishma tenía que estar cerca.

Antiguo poblado, ruinas, restos. Casas de los antiguos les llaman los del lugar. Energía de mucha gente puesta en piedras traídas una a una del lecho del río al lugar donde hoy quedan apilados no mas de seis líneas de piedras de alto compactadas con barro.

Los techos estaban hechos de ramas de brea, retama y otros arbustos. Las cañas, variedad Arundo Donax, las trajeron más tarde los europeos, desde Asia.

Mishma fue un poblado de casas pircadas protegidas por un Bosque de Algarrobos. Era hace más de mil años. Hoy se encuentra en una pampa de tocones aún no sepultados por el medano.


Es un campo de piedras grandes redondeadas y trabajadas por la acción tiempo, una pampa sembrada de esquirlas de cerámica y de restos líticos, piedras de origen volcánico de, composición vidriosa, trabajadas para conseguir puntas de flechas y herramientas cortantes. Las lluvias de estación las siguen transportando hacia el valle del Abaucán.

A esta pampa sin Árboles la fue conquistando el viento, el zonda que trajo el médano, la arena, por falta de una barrera vegetal natural que la atajara. El agua erosionó los cimientos. A falta de raíces que contuvieran el terreno fue socavando barrancos y esparciendo restos de cerámicas por todo el cauce. Desmoronando Mishma.

Muchas pregunta nos venimos a hacer esa madrugada por estos lugares,

a que altura se encontraría el agua hace mil años? correría más profundo en su lecho? sería como ahora un río estacional?

O buscarían los pobladores antiguos agua en el Guanchín vecino?

Claro está que el agua sin vegetación sigue redibujando el suelo.

Hay historias que son fantasía. Bosques que desaparecieron porque los habitantes antiguos talaron el bosque para cocinar, calentarse y quemar su cerámica. Imposible, el sustento del poblado era su Bosque donde la vida mantiene un sutil equilibrio, sin bosque no habría poblado, no habría Mishma.


Y Mishma estuvo poblada ahí, en medio de un Bosque muy grande, cerca de un buen Río porque también donde hay agua hay vida.


Un paraíso o un paisaje siempre siguen cambiantes, como todos nosotros.



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