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Todas las SensacioneS que nos estimula

el Territorio Abaucan y quedemos compartir

conTigo

Un recorrido por las edades de la Tierra


Temprano a la mañana Paul, nuestro guía baqueano, nos espera con tortillas y mate cocido caliente, con yuyos, claro, a la entrada del Cañón del Indio. Estamos en el paraje Lorohuasi, parte de la Georuta de la Ruta 60 a su paso por Territorio Abaucán. Ya a esas horas, en esta época, el calor se hace notar.

“Habrá que descalzarse para cruzar el Guanchín” advierte Paul, “el río viene cargado”.

Vadeado el Guanchín, un poco más adelante nos encontramos la Gran Muralla Blanca. Desde la ruta parecen los molares de un gigantesco ser de otros tiempos, de cerca un baluarte inconquistable. Hasta que llego torrencial un río, agua que no pide permiso de paso, y abrió una brecha, la primera puerta.

El verdadero portal a otra dimensión, hay otras y están en esta, está un poco más allá, custodiado por gigantes de rocas. Las llaman Las Torres.

Así entramos los caminantes por este paisaje donde a cada paso se recorren miles de años de la historia de la Tierra. Las sendas, trazadas con paciencia por el agua, nos hacen transitar millones de años, Tiempos de los que los humanos no fuimos testigos, realidades que no atinamos a comprender.

Al final de unas de las laberínticas quebradas, bajo rocas que hace siglos esperan llegar al río para viajar más allá de su Tiempo, David propuso una sesión de Qi Gong para asimilar el flujo energético telúrico.

Esta es la magia del itinerario.

La ciencia dice que la senda que recorremos hace millones de años fue el fondo del mar. Cada estrato, con los minerales que le dan los colores que los caracterizan, fue depositándose uno sobre otro con el contar de los siglos.

Hasta que se encontraron las placas de Nazca y la Sudamericana y creando Los Andes arrugaron el fondo marino y lo empujaron fuera del mar. Quien sabe leer los estratos conocerá la crónica de nuestro Planeta.

Tantos millones de años recorridos abren el apetito. Y ahí estaba para saciarlo un buen chivito asado por María que hizo la delicias de todos. El gozo se siguió, cantando.

Esta también es la Magia del itinerario.












Wolframio!!!” exclamó el geólogo en mientras exploraba en montañas abruptas, de piedras filosas, que asomaron del fondo del mar en tiempos Mesozoicos.

“Wolframio!!!” exclamó y con la noticia se volvió a Buenos Aires a notificar su hallazgo.

En los años 30 del siglo pasado se abrió la mina desde donde se extrajo tungsteno hasta los 90.

La Montaña también fue generosa en estaño. Hoy yacen abandonadas solo visitadas por caminantes intrépidos en busca del sabor de la aventura y la energía del Paisaje.

Tempranito a la mañana en el punto de encuentro Paul, guía oficial habilitado, y Gaby prendían el fuego para recibir a los excursionistas con mate cocido calentito y tortillas recién hechas.

La mañana es fresca y la excursión será larga.

Una de las magias de la montaña es que brota Amistad entre los caminantes. A veces describir las sensaciones que origina caminar en compañía de amigos es tarea superior a las capacidades de este redactor. Dejaremos que sean las fotos las que describan el paisaje y cada observador produzca sus propias sensaciones.

Arrancamos por la quebrada Cola de Ratón, caminando por el cauce seco del río. La imaginación recrea la visión del poder del agua arrasando vegetación rodando rocas, piedras que alguna vez estuvieron en las laderas de las montañas.

Al poco de andar llegamos a un refugio de mineros, a orillas del río de piedras, al pie de la ladera que hemos de ascender. Ahí viene la prueba de resistencia, por los senderos que en otros tiempos fueron pisados por los burros que subían suministros a la mina y bajaban el mineral.

A 2.200 msnn está la mina, una garganta que entra a las tripas de la montaña como entraría a la barriga de una ballena. Al Oeste, velado por el polvo que el Zonda suspendió en la atmósfera el valle del Abaucán, Fiambalá, como un oásis, y apenas visible, la Cordillera de los Andes. Hacia el Este la Sierra de Fiambala, valles, quebradas y cumbres que se pierden en el horizonte.

Decía el poeta que al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar así que Paul nos llevó de vuelta por la Quebrada del Arbolito.

“Eureka” dijo el caminate cuando encontró la confraternidad, y volvió a casa con el alma henchida de amistad.




Cuando sopló el Zonda, al día siguiente el aire queda impregnado de polvo en suspensión. Amanece un Sol paliducho que ilumina el paisaje en tonos pastel. Sopla aún un aire agradablemente fresco. Buena mañana para un paseo.

Desde el barrio La Ramadita se ve en frente, mirando al Este un conjunto geológico de lo más atrayente, Los Overitos. Cruzando el cauce seco del Guanchín y del Abaucán comienza un suave ascenso por los depósitos aluviales que derrama de la Sierra de Fiambalá. Detritos sedimentados durante siglos y eónes, dibujados por torrentes de aguas salvajes como una red de raíces cuyo tronco es la quebrada del Molle.

Siguiendo esos cauces secos se llega a la quebrada donde se apoya una duna que sorprende por lo irreal de la inclinación de la ladera, una pendiente de 45º de pura arena.

Alrededor un paisaje migmático, de rocas que surgen de las profundidades marinas de hace 400.000.000 de años.

Tiene algo de irreal caminar con la conciencia puesta en los tiempos geológicos. La energía aún irradia de unas fuerzas que nuestra percepción es incapaz de desentrañar. La profundidad del significado no deja indiferente al alma sensible. La Luz, tamizada por el polvo suspendido en el aire, quizás sea premonición anímica de un misticismo desvanecido.

La Razón no tiene respuestas.

La vegetación es escasa, la humedad esporádica o, a veces, torrencial. Cuando así ocurre ruedan rocas de toda dimensión. Solo los molles, jarillas, las breas más resistentes clavan sus raíces con la garra suficiente para no ser arrastrados. Otras plantas bajan con la corriente a colonizar en valle. Huellas de insectos y pajaritos marcan la arena hasta que los próximos vientos los borren.

Toda forma viviente es delicada.

Reina un equilibrio sutil.

Desde lo alto de Los Overitos se ve la pendiente, surcada de las ramas del tronco que el agua, el viento y la arena dibujaron para la contemplación.

A nuestros pies el Valle del Abaucán.

Desde lo alto de Los Overitos camina por medanales que al mediodía pierden toda dimensión de volumen, la vista se engaña, las distancias son confusas.

La luz tamizada por el polvo realza al efecto.


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