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el Territorio Abaucan y quedemos compartir

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Rionas de la finca Las Retamas, a orillas del rio Abaucán

Hubo un en un tiempo, en orilla izquierda del río Abaucán una orgullosa finca, Las Retamas. La casa, los establos y almacenes asentaban sus cimientos al borde del acantilado, a veinte metros sobre La Zanja, como se conoce al cauce. Hasta durante la temporada de lluvias está seco. No hay que fiarse mucho, cuando llueve, allá arriba, en la montaña, sus crecidas pueden ser devastadoras.

Vistas sobre el río Abaucán desde la finca Las Retamas

Sin embargo lo que provocó el abandono de la finca no fue el río, sino la arena. Todo el recorrido del río Abaucán, desde más arriba de Instataku, Los Nacimientos, fue un Bosque. Churquis, Breas, Espinillos, Jarillas, Retamas, Chañares y Algarrobos. La ambición excesiva los fue mermando hasta crear el paisaje desértico que se ve hoy.

Al desaparecer el Bosque las arenas se sintieron libres de volar. Son médano. Y el medano cubrió las cosechas como cubre hoy las ruinas de la casa, y las memorias de tiempos antiguos.

Esta es una reflexión, caminando el curso del Abaucán, desde Fiambalá hasta Saujil, el oasis donde el agua brota da abajo de los derrubios que viene bajando de la montaña.

El manantial, después de regar las viñas, vuelve a sumergirse bajo la arena y en la orilla. Entre lo plantado y el médano una delgada franja de bosque nos recuerda lo que una vez habrá sido.

En Saujil el agua surge de bajo los sedimendos bajados de la alta montaña

Y da esperanza de lo que alguna vez pueda volver a ser.

Evitando que nos cubra la arena.



Cuando sopló el Zonda, al día siguiente el aire queda impregnado de polvo en suspensión. Amanece un Sol paliducho que ilumina el paisaje en tonos pastel. Sopla aún un aire agradablemente fresco. Buena mañana para un paseo.

Desde el barrio La Ramadita se ve en frente, mirando al Este un conjunto geológico de lo más atrayente, Los Overitos. Cruzando el cauce seco del Guanchín y del Abaucán comienza un suave ascenso por los depósitos aluviales que derrama de la Sierra de Fiambalá. Detritos sedimentados durante siglos y eónes, dibujados por torrentes de aguas salvajes como una red de raíces cuyo tronco es la quebrada del Molle.

Siguiendo esos cauces secos se llega a la quebrada donde se apoya una duna que sorprende por lo irreal de la inclinación de la ladera, una pendiente de 45º de pura arena.

Alrededor un paisaje migmático, de rocas que surgen de las profundidades marinas de hace 400.000.000 de años.

Tiene algo de irreal caminar con la conciencia puesta en los tiempos geológicos. La energía aún irradia de unas fuerzas que nuestra percepción es incapaz de desentrañar. La profundidad del significado no deja indiferente al alma sensible. La Luz, tamizada por el polvo suspendido en el aire, quizás sea premonición anímica de un misticismo desvanecido.

La Razón no tiene respuestas.

La vegetación es escasa, la humedad esporádica o, a veces, torrencial. Cuando así ocurre ruedan rocas de toda dimensión. Solo los molles, jarillas, las breas más resistentes clavan sus raíces con la garra suficiente para no ser arrastrados. Otras plantas bajan con la corriente a colonizar en valle. Huellas de insectos y pajaritos marcan la arena hasta que los próximos vientos los borren.

Toda forma viviente es delicada.

Reina un equilibrio sutil.

Desde lo alto de Los Overitos se ve la pendiente, surcada de las ramas del tronco que el agua, el viento y la arena dibujaron para la contemplación.

A nuestros pies el Valle del Abaucán.

Desde lo alto de Los Overitos camina por medanales que al mediodía pierden toda dimensión de volumen, la vista se engaña, las distancias son confusas.

La luz tamizada por el polvo realza al efecto.


Hubo un tiempo en que un orgulloso bosque de algarrobos acompañaba las orillas de los ríos del Territorio Abaucán. En Los Morteros sobreviven aún magníficos ejemplares.


Su sombra cobijó durante milenios a generaciones de nuestros ancestros. Por la abundancia de sus frutos y la dureza de su madera fue venerado


Fijaba el médano, arenas de mares de otras eras, de volcanes antiguos


Hospedó, y todavía sustenta, todo un ecosistema, equilibrado, rico, sutil, delicado…


Defendió, y aún defienden los Algarrobos resistentes, las márgenes del río Abaucán cuando sus aguas bajan enfurecidas de la Cordillera


Hace pocos siglos vino el hombre, inconsciente del efecto de su predación a golpe de hacha y fuego convirtió al bosque en combustible, durmientes y mobiliario. Con el Algarrobo partieron también Jarillas, Retamas, Breas, Pichanas… y cuánta fauna


Así el bosque se convirtió en desierto, arenas barridas por el viento,


a merced de los elementos erosionantes,


tierra despoblada que arde


Mas las raíces obstinada se aferran a su Madre Tierra, negándose a abandonar su hogar, Territorio Abaucán.


Brotes de las raices sus gajos en desafío, claman por su derecho a la vida


Y jóvenes Algarrobos muestran su resilencia, fuerza Vital para sobrevivir en el hábitat de toda Su Vida, Territorio Abaucán.


Estemos atentos,

algo podremos hacer para luchar con ellos, los Algarrobos.

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