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Novedades

Todas las SensacioneS que nos estimula

el Territorio Abaucan y quedemos compartir

conTigo

Actualizado: 5 sept 2022


Vivíamos en el Valle muy contentos. El Bosque nos proveía de alimento. El manantial agua cristalina. A veces salíamos a cazar. Del Río obteníamos arcilla para producir utensillos. De las piedras, herramientas y armas. Agradecíamos todos los días a la Madre Tierra por su generosidad y al Sol por su luz y calor.

Pero, un día vinieron los hombres del Norte, con sus normas, costumbres y dioses. Descontentos migramos a las montañas por donde asoma el Sol a vivir como nos enseñaron nuestros antepasados. Sobre una escarpada torrentera pircamos El Pucará.

Defendidos por la montaña sobrevivimos abuelos, hijos y nietos y los hijos de los nietos. El agua y el alimento lo traíamos fatigosamente del fondo de la quebrada. Temíamos las tormentas de verano. A veces el agua bajaba con furia rozando las puertas de nuestras casas amenazando arrastrarlas.

A veces volvíamos al valle a cambalachear.

En tiempos de los nietos de los abuelos llegaron los Pechos de Plata y Filos de Muerte. Bajar al valle era arriesgarse. Muchos no volvían.

En la quebrada nació un pueblo. Buscar agua y alimento se convirtió en un peligro. A nuestras penas se sumó el hambre.

Las dificultades nos obligaron a abandonar el Pucará.

En el Valle nos enseñaron la religión.

Nos enviaron a trabajar lejos.

Así perdimos nuestra amada tradición.

ADVERTENCIA: Cualquier parecido con una historia real es mera coincidencia... pero hay unas cuantas

Actualizado: 12 ene 2022

Vistas de la Punta Pabellón y dunas desde el puesto de Casa Grande




Después de transitar el tortuoso camino desde Tatón a Rio Grande nos acercamos a la casa de don Ceferino Lopez. Ahi nos esperan para alistar las mulas con sus excelentes monturas, los tradicionales peleros que las Artesanas del Territorio Abaucán tejen desde antiguo.


Los expedicionarios, un equipo de rodaje que vino a documentar la vida en los puestos del cerro, la Esquila y los paisajes de la sierra. Son Mariel Bomczuk, Agustín Lagos y Matías Reynoso. Don Ceferino y su hijo Gustavo son los guías baqueanos.

Nos acompaña todo el ascenso el “temporal”, la nube casi pegada al suelo, “hará frío cuando estemos llegando” previene don Ceferino. La huella es apta solo para mulas, burros y caminantes. Trepa hacia la nube pegada en las cumbres dejando atrás, abajo, a lo lejos Rio Grande.


La cabalgata dura algo más de cuatro horas por un paisaje imponente que solo podemos intuir. La niebla es un velo que nos oculta la profundidad de los valles y las cumbres de las montañas. Al atardecer hace frío.

Cuando se transita los caminos por primera vez se siente esa sensación de estiramiento del tiempo, el destino parece inalcanzable. Pero se alcanza. Casa Grande (3.400 msnm). Es noche oscura, el “temporal” cubre el reverbero de las estrellas, oculto está el entorno que hasta el amanecer no se revela.

En la cocina el agua está lista para calentarnos el cuerpo con unos mates, después un guiso y a descansar en una habitación solo iluminada por nuestras linternas. En el puesto no hay luz eléctirca.





El amanecer nos descubre el paisaje que rodea el puesto. Hacia el NE, dominando el Cerro (5560 msnm.) Pabellón, a una jornada de mula ida y vuelta desde Casa Grande. Al O el valle de Fiambalá, allá lejos, allá abajo y de horizonte la Cordillera de los Andes. Un río corre abajo. Dunas de arena blanca invitan a la exploración.



De debajo de la arena emerge el río. “Todo tiene un punto lisérgico” comentó uno de los expedicionarios. Serán los colores? El aire absolutamente transparente? Que de la arena brote el agua? Vení, animate, descubrilo?

A la vuelta queda desnudo a la vista el panorama velado por el “temporal”, el fondo de las quebradas, las cimas de las montañas, allá, lejos, despuntando sobre los Andes, el Incahuasi.





Actualizado: 28 jun 2022


Camino de subida a Río Grande. Al fondo de ven las dunas de Tatón en el valle y Fiambalá

Tatón está a unos 50 kilómetros de Fiambala. De ahí hasta Río Grande poco más de 40. Sin embargo se tardan unas cinco horas en recorrer el camino que aunque en obras de restauración buena parte esta aún roído por las lluvias. No hay queja, hasta no hace mucho los habitantes de Río Grande bajaban a Tatón a lomo de burro con sus mercancías: quesos, chivitos, tejidos, hilos, yuyos… La velocidad no importa, el tiempo late a otro ritmo en estas montañas. Las vistas invitan tomarlo con calma. Nos acompañan Ricardo, Magali y Mía.

En Río Grande nos esperan la familia de Ricardo, Don Antonio Suarez y Doña Angélica Tolaba, sus abuelos, y Silvestre, Goyo y Juan sus tíos. Ya es noche, el rito de bienvenida mate pan, tortilla y queso caseros. Luego la cena.

Senda para burros camino a El Pozo.

A las seis de la mañana partimos hacia El Pozo, puesto donde nos esperan Sandón, Marta, mil chivos, ovejas y faenas campestres, lechar y capar. El camino es el antiguo para mulas. La subida dura aunque solo sean dos horas de caminata.

El trabajo intenso, tranquilo, elegante. Chivito asado para almuerzo con invitados de última hora. Sobremesa amable de voces quedas. El silencio obvian el vocerío. Nombres de los cerros, los tiempos de antes, chanzas y chimentos.

La vuelta al atardecer, espectáculo de quebradas y picos de cuatro mil metros. Allá a lo lejos esas arenas blancas exhaladas por un volcán mucho, mucho tiempo atrás.

El domingo amanece con sosiego mate y tortillas recién hechas al fuego. Sesiones de fotos familiares y demostración de hombres que saben hilar lana de oveja, llama y vicuña. Almuerzo y después vuelta por el camino precario de paisajes de que vislumbran Pachamama.

Los pelos de las colas de los chivitos castrados durante la jornadas se guardan para ofrendar a la Pachamama.

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