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Novedades

Todas las SensacioneS que nos estimula

el Territorio Abaucan y quedemos compartir

conTigo

Un recorrido por las edades de la Tierra


Temprano a la mañana Paul, nuestro guía baqueano, nos espera con tortillas y mate cocido caliente, con yuyos, claro, a la entrada del Cañón del Indio. Estamos en el paraje Lorohuasi, parte de la Georuta de la Ruta 60 a su paso por Territorio Abaucán. Ya a esas horas, en esta época, el calor se hace notar.

“Habrá que descalzarse para cruzar el Guanchín” advierte Paul, “el río viene cargado”.

Vadeado el Guanchín, un poco más adelante nos encontramos la Gran Muralla Blanca. Desde la ruta parecen los molares de un gigantesco ser de otros tiempos, de cerca un baluarte inconquistable. Hasta que llego torrencial un río, agua que no pide permiso de paso, y abrió una brecha, la primera puerta.

El verdadero portal a otra dimensión, hay otras y están en esta, está un poco más allá, custodiado por gigantes de rocas. Las llaman Las Torres.

Así entramos los caminantes por este paisaje donde a cada paso se recorren miles de años de la historia de la Tierra. Las sendas, trazadas con paciencia por el agua, nos hacen transitar millones de años, Tiempos de los que los humanos no fuimos testigos, realidades que no atinamos a comprender.

Al final de unas de las laberínticas quebradas, bajo rocas que hace siglos esperan llegar al río para viajar más allá de su Tiempo, David propuso una sesión de Qi Gong para asimilar el flujo energético telúrico.

Esta es la magia del itinerario.

La ciencia dice que la senda que recorremos hace millones de años fue el fondo del mar. Cada estrato, con los minerales que le dan los colores que los caracterizan, fue depositándose uno sobre otro con el contar de los siglos.

Hasta que se encontraron las placas de Nazca y la Sudamericana y creando Los Andes arrugaron el fondo marino y lo empujaron fuera del mar. Quien sabe leer los estratos conocerá la crónica de nuestro Planeta.

Tantos millones de años recorridos abren el apetito. Y ahí estaba para saciarlo un buen chivito asado por María que hizo la delicias de todos. El gozo se siguió, cantando.

Esta también es la Magia del itinerario.











Actualizado: 16 ago 2022

El Sol acaba de iluminar la puerta a la Quebrada de la Angostura, pasaje en la muralla de la Sierra de Narváez para llegar a la Cordillera

Es el punto de encuentro para la expedición a descubrir la belleza del Sendero de doña Arminda. La puestera ya se fue a transitar su camino. Ahí nomás de arrancar la caminata esta su Casita de Pirca labrada. Roja como las rocas sedimentarias que vamos a recorrer.

El día es fresco, ideal para un paseo por las montañas.

Al poco de andar por el cauce de un río salado comienza el ascenso que pondrá a prueba nuestro aliento y nuestras piernas. Llegaremos hasta los 3.000 msnm. Paul, nuestro guía, nos marca el ritmo “Tranquilos gente la montaña es para disfrutarla. Hagamos un alto para un momento de contemplación” El paisaje es imponente. Pisamos sobre mil tonos de rojos, desde marrones al bermellón. Quizás alguien deba escribir una samba.

Al llegar al alto nos recibe una Pacheta, un lindero y el viento. Es momento del tercer desayuno resguardados por una roca. Frutos, pasas, y agua. Mucha agua para que el cuerpo no se deshidrate.

La panorámica a 360º, los rojos de rocas sedimentarias que se elevan y desmoronan imperceptiblemente desde hace 400 millones de años, un medano amarillo se sostiene a lo lejos en una vertical imposible. Hacia el Este se adivina el Valle de Fiambala cercado por los cerros con las dunas que los trepan.

Las Emociones estallan.

Por un filo descendemos hasta otro río. Apenas un hilo de agua. Nuestras pisadas crujen en el suelo blanco de sal como si fueran nieve helada. La quebrada se estrecha, se convierte en cañón. Entramos al cañón Rojo. Como entrada un sensacional balcón tallado por el tiempo y los elementos.

El Sol, calando hasta el fondo pinta con su Luz tonos que no entran ni en la paleta del pintor y en los píxels de la cámara. El eco amortiguado de nuestros pasos y el viento que se anuncia a la salida imponen silencio místico en los caminantes.

Para completar las sensaciones el último tramo de la caminata lo hacemos sobre lo que un día fue el camino antiguo, un camino transversal Inca, el Qhapaq Ñan, que unía las rutas principales de la sierra y de la costa.

Se completa la expedición con un almuerzo donde se comentan las sensaciones y se sellan nuevas amistades.




Actualizado: 12 ene 2022


Vicuñas en un corral con el volcán Incahuasi al fondo

Paso de San Francisco. Frontera internacional que nos une a Chile. 4.700 m.s.n.m.

La cuadrilla espera sin impaciencia. “Llegarán sobre las once” aclara Carlos Rodriguez quien está a cargo de la maniobra. Se espera que aparezcan de detrás de unos cerros las vicuñas. Vienen arriadas desde el norte parte del equipo. Aparecen lejos las primeras, puntuales. Son las 11.00 hs.

El Chacu es la técnica ancestral de captura de vicuñas. La palabra es quechua. El método, muy antiguo, patrimonio de todo el mundo. Ya se usaba incluso para cazar mamuts. Ahora ya no se cazan las vicuñas, solo se encierran en un corral, se las deja tranquilizarse un día y se las esquila.

Todo el proceso es muy tranquilo. Casi en silencio los arrieros bajan caminando conduciendo a los camelidos hacia los alambrados. Estos están dispuestos de manera que van haciendo el papel de embudos que conducen a los animales al corral. “En tiempos ancestrales se usaba el propio relieve para encerrarlos en el fondo de una quebrada. Ahora tenemos alambrados.” Una vez dentro se cierran las puertas y se sale a buscar las del oeste. “Los alambrados, explica Carlos, no se desarman, solo lo que es el corral. Sin embargo no solo las vicuñas sino toda la fauna se acostumbra a pasar por enormes puertas que quedan abiertas hasta el próximo chaku.”

Por orografía y por extensión para el arreo del oeste se utilizan motos y cuatriciclos. Incluso la chata desde donde se controla la operación arrea desde fuera del alambrado. Hace un poco el papel del full back de un equipo de rugby.

Carlos Rodriguez coordina el chaku desde su camioneta

“Todo el proceso tiene que ser muy tranquilo para estresar lo menos posible a las vicuñas. Si están se ponen muy nerviosas pueden intentar huir por entre el alambrado y se lastiman. Los pumas hacen el resto. A veces incluso tienen ataques cardíacos.”


Parte de la cuadrilla de arrieros. al fondo las vicuñas en el corral esperan la esquila.

Nada de eso ha pasado en esta ocasión. La cuadrilla cansada y satisfecha se tomará un descanso. Unas seiscientas vicuñas esperan el el corral a ser esquiladas en los próximos días.

Esa será otra historia.


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