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Novedades

Todas las SensacioneS que nos estimula

el Territorio Abaucan y quedemos compartir

conTigo


Cuando sopló el Zonda, al día siguiente el aire queda impregnado de polvo en suspensión. Amanece un Sol paliducho que ilumina el paisaje en tonos pastel. Sopla aún un aire agradablemente fresco. Buena mañana para un paseo.

Desde el barrio La Ramadita se ve en frente, mirando al Este un conjunto geológico de lo más atrayente, Los Overitos. Cruzando el cauce seco del Guanchín y del Abaucán comienza un suave ascenso por los depósitos aluviales que derrama de la Sierra de Fiambalá. Detritos sedimentados durante siglos y eónes, dibujados por torrentes de aguas salvajes como una red de raíces cuyo tronco es la quebrada del Molle.

Siguiendo esos cauces secos se llega a la quebrada donde se apoya una duna que sorprende por lo irreal de la inclinación de la ladera, una pendiente de 45º de pura arena.

Alrededor un paisaje migmático, de rocas que surgen de las profundidades marinas de hace 400.000.000 de años.

Tiene algo de irreal caminar con la conciencia puesta en los tiempos geológicos. La energía aún irradia de unas fuerzas que nuestra percepción es incapaz de desentrañar. La profundidad del significado no deja indiferente al alma sensible. La Luz, tamizada por el polvo suspendido en el aire, quizás sea premonición anímica de un misticismo desvanecido.

La Razón no tiene respuestas.

La vegetación es escasa, la humedad esporádica o, a veces, torrencial. Cuando así ocurre ruedan rocas de toda dimensión. Solo los molles, jarillas, las breas más resistentes clavan sus raíces con la garra suficiente para no ser arrastrados. Otras plantas bajan con la corriente a colonizar en valle. Huellas de insectos y pajaritos marcan la arena hasta que los próximos vientos los borren.

Toda forma viviente es delicada.

Reina un equilibrio sutil.

Desde lo alto de Los Overitos se ve la pendiente, surcada de las ramas del tronco que el agua, el viento y la arena dibujaron para la contemplación.

A nuestros pies el Valle del Abaucán.

Desde lo alto de Los Overitos camina por medanales que al mediodía pierden toda dimensión de volumen, la vista se engaña, las distancias son confusas.

La luz tamizada por el polvo realza al efecto.


Actualizado: 16 ago 2022

El Sol acaba de iluminar la puerta a la Quebrada de la Angostura, pasaje en la muralla de la Sierra de Narváez para llegar a la Cordillera

Es el punto de encuentro para la expedición a descubrir la belleza del Sendero de doña Arminda. La puestera ya se fue a transitar su camino. Ahí nomás de arrancar la caminata esta su Casita de Pirca labrada. Roja como las rocas sedimentarias que vamos a recorrer.

El día es fresco, ideal para un paseo por las montañas.

Al poco de andar por el cauce de un río salado comienza el ascenso que pondrá a prueba nuestro aliento y nuestras piernas. Llegaremos hasta los 3.000 msnm. Paul, nuestro guía, nos marca el ritmo “Tranquilos gente la montaña es para disfrutarla. Hagamos un alto para un momento de contemplación” El paisaje es imponente. Pisamos sobre mil tonos de rojos, desde marrones al bermellón. Quizás alguien deba escribir una samba.

Al llegar al alto nos recibe una Pacheta, un lindero y el viento. Es momento del tercer desayuno resguardados por una roca. Frutos, pasas, y agua. Mucha agua para que el cuerpo no se deshidrate.

La panorámica a 360º, los rojos de rocas sedimentarias que se elevan y desmoronan imperceptiblemente desde hace 400 millones de años, un medano amarillo se sostiene a lo lejos en una vertical imposible. Hacia el Este se adivina el Valle de Fiambala cercado por los cerros con las dunas que los trepan.

Las Emociones estallan.

Por un filo descendemos hasta otro río. Apenas un hilo de agua. Nuestras pisadas crujen en el suelo blanco de sal como si fueran nieve helada. La quebrada se estrecha, se convierte en cañón. Entramos al cañón Rojo. Como entrada un sensacional balcón tallado por el tiempo y los elementos.

El Sol, calando hasta el fondo pinta con su Luz tonos que no entran ni en la paleta del pintor y en los píxels de la cámara. El eco amortiguado de nuestros pasos y el viento que se anuncia a la salida imponen silencio místico en los caminantes.

Para completar las sensaciones el último tramo de la caminata lo hacemos sobre lo que un día fue el camino antiguo, un camino transversal Inca, el Qhapaq Ñan, que unía las rutas principales de la sierra y de la costa.

Se completa la expedición con un almuerzo donde se comentan las sensaciones y se sellan nuevas amistades.





El amanecer de Inti ilumina la bruma que vela la duna. Nuestro reto, alcanzar su cima. Es la duna Federico Kirbus, la más alta del mundo, 2845 msnm.

Paul Barrionuevo, guía vaqueano en el Territorio Abaucán y más allá, organizó la logística, la ruta, los tiempos, las carpas, las vituallas y sobre todo, agua, no hay que olvidarse del agua. Es una duna, no hay manantiales. Para llevar el equipo don Chacho Quiroga y sus muchachos con cinco caballos. Los caminantes, Mario, Fabiola, Jovita, Gaby y quien cuenta esta experiencia.

La jornada arranca con el Sol empujando el fresco de la madrugada. Con el transcurrir del día su pertinaz presencia se hará patente. Es parte de las sensaciones del ascenso, la que hace agradecer cada soplo de brisa. Brisa que no llegó a viento, que vuela la arena, que pica en los ojos y cruje en la boca. Solo brisa refrescante.

Un pie, el otro, una respiración. Un pie, el otro, una respiración. Un mantra en ascenso constante a la cima. el paisaje parece no cambiar si se mira para arriba. Hacia abajo el Valle del Abaucán, Medanitos aquí, Los Nacimientos allá y un río plateado que se pierde en la arena al llegar a Saujil. Pueblos que son oasis, manchas verdes a la par de la humedad del Abaucán. Allá a lo lejos, Palo Blanco, más arriba de lo que parece.

Fiambalá, más lejos, hasta la Troya llega la vista al Sur, al Norte la cordillera de San Buenaventura, al Oeste asoman el Pissis y el Bonete, seismiles de los Andes.

Un cóndor viene a bendecir nuestro ascenso, luego dos más, y un águila blanca. Más discreto, a ras de suelo, el sutil encanto de la vida del desierto.


La cima del Kirbus no se ve. Un paso y otro, más arriba y llegamos a la orilla de El Pozo. Caminantes al borde de la duna que se precipita 300 metros al fondo de una quebrada donde el agua, durante millones de años dibujó, su aún inconclusa obra de arte, un zig zag a capricho de las rocas y la arena. Dios es más grande que lo que nuestros sentidos puedan abarcar.

Aún falta para la cima, un poco más alienta Paul. El esfuerzo merece la pena, el efecto del paisaje en el alma es único, todos coincidimos.


Atardece, se enciende el fuego. Se funde a rojo el cielo, el rubor deja paso a las estrellas, mates, cuentos de fogón, pollo asado y ensaladas. Los toros se acercan a curiosear a los expedicionarios. Y cuatro jinetes de la noche que aparecen de la oscuridad y siguen luego su marcha bajo la luz de la media luna.

No hay palabras, ni fotografías que describan las sensaciones, indelebles.

Si las querés tener vas a tener que venir. No te vas a arrepentir.

También podés subir en 4x4, pero no es lo mismo, no es un ascenso espiritual.






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