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Todas las SensacioneS que nos estimula

el Territorio Abaucan y quedemos compartir

conTigo

Actualizado: 16 ago 2022

El Sol acaba de iluminar la puerta a la Quebrada de la Angostura, pasaje en la muralla de la Sierra de Narváez para llegar a la Cordillera

Es el punto de encuentro para la expedición a descubrir la belleza del Sendero de doña Arminda. La puestera ya se fue a transitar su camino. Ahí nomás de arrancar la caminata esta su Casita de Pirca labrada. Roja como las rocas sedimentarias que vamos a recorrer.

El día es fresco, ideal para un paseo por las montañas.

Al poco de andar por el cauce de un río salado comienza el ascenso que pondrá a prueba nuestro aliento y nuestras piernas. Llegaremos hasta los 3.000 msnm. Paul, nuestro guía, nos marca el ritmo “Tranquilos gente la montaña es para disfrutarla. Hagamos un alto para un momento de contemplación” El paisaje es imponente. Pisamos sobre mil tonos de rojos, desde marrones al bermellón. Quizás alguien deba escribir una samba.

Al llegar al alto nos recibe una Pacheta, un lindero y el viento. Es momento del tercer desayuno resguardados por una roca. Frutos, pasas, y agua. Mucha agua para que el cuerpo no se deshidrate.

La panorámica a 360º, los rojos de rocas sedimentarias que se elevan y desmoronan imperceptiblemente desde hace 400 millones de años, un medano amarillo se sostiene a lo lejos en una vertical imposible. Hacia el Este se adivina el Valle de Fiambala cercado por los cerros con las dunas que los trepan.

Las Emociones estallan.

Por un filo descendemos hasta otro río. Apenas un hilo de agua. Nuestras pisadas crujen en el suelo blanco de sal como si fueran nieve helada. La quebrada se estrecha, se convierte en cañón. Entramos al cañón Rojo. Como entrada un sensacional balcón tallado por el tiempo y los elementos.

El Sol, calando hasta el fondo pinta con su Luz tonos que no entran ni en la paleta del pintor y en los píxels de la cámara. El eco amortiguado de nuestros pasos y el viento que se anuncia a la salida imponen silencio místico en los caminantes.

Para completar las sensaciones el último tramo de la caminata lo hacemos sobre lo que un día fue el camino antiguo, un camino transversal Inca, el Qhapaq Ñan, que unía las rutas principales de la sierra y de la costa.

Se completa la expedición con un almuerzo donde se comentan las sensaciones y se sellan nuevas amistades.




Actualizado: 12 ene 2022


El camino sube dejando allá abajo Tatón y el valle del Abaucán. Y vuelve a subir aún más. Huella que hasta hace poco era solo apta para mulas, que con las tormentas de verano se desmorona volviéndose transitable solo para baqueanos y sus caballerías.

En la Travesía podemos encontrarnos a Elba Araya, portando un chivito cansado en el pecho. Junto a su familia arrean chivos y cabras para vender en Tatón, a mula, caminando, cono en los viejos tiempos en los tiempos actuales. Toda una mañana. Es penoso pero así sobrevivían sus abuelo, y los abuelos de sus abuelos por generaciones. Allá, arriba, en el cerro.

Podemos encontrarnos con Pedro Morales cargando un chivo recién carneado para que Silvestre Suarez lleve al pueblo para convidar en una fiesta. Lo sube desde el puesto de don Gregorio Suarez, La Aguada, una trepada entre piedras surgidas del fondo del océano hace millones de años, desmoronada por tormentas, con la energía de un puma, apenas con sobrealiento. Don Gregorio Suarez puestero solitario.

En la senda, con vistas a la cordillera el recuerdo de un familiar, de un amigo, a quien se le saluda al pasar y se le dejan flores para recordarlo, y plata para que compre vino.

Se sigue subiendo y al final del camino, allá abajo, entre las montañas, asoma minúscula la alameda de Rio Grande. Al acercarse la alameda crece y dentro de su muralla incompetente contra el viento las casitas de pirca, caña y barro construidas alrededor de la Escuela.

“Antes teníamos veinticuatro alumnos” nos dice la directora doña Elida Morales. “Se subía a mula entonces. Y ahora también cuando las tormentas derrumban el camino”.

Solo ocho familias viven aún en el pueblo. Aunque diseminadas en puestos a dos, tres, o nueve horas de “La Escuela” como llaman al centro de Rio Grande.

El abuelo don Antonio Suarez y su nieto Silvestre nos muestran que hilar no es solo cosa de mujeres. La abuela doña Angélica Tolaba da la mamadera a los guachitos, los chivitos huérfanos o abandonados. Florencia y su hijo se dejan fotografiar en el patio de la escuela. Y las maestras discretamente cubiertas, según manda el reglamento.

Don Angel Sandón y su esposa doña Marta Suarez nos invitas a pasar el día en su puesto El Pozo, tres horas de caminata desde “La Escuela”. Toca lechar las chivas, hacer queso como todos los días cuando viene el buen tiempo. Después de la faena, mate, pan casero y queso artesano. Más tarde, el chivito asado.

Y la vuelta, el largo y sinuoso camino al valle.

Gracias Ricardo por invitarnos a Tu Pueblo. Gracias a todos los que nos recibieron con tanto cariño.



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