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Todas las SensacioneS que nos estimula

el Territorio Abaucan y quedemos compartir

conTigo

Actualizado: 29 nov 2022


Erase una vez, hace 100 años, o quizás más, brotó del suelo apenas húmedo, una pequeña almejita de cotiledones tiernos, endebles. Embrión a merced de las pisadas de aquellos habitantes antiguos, humanos o animales que poblaban el Bosque de entonces. Necesitada de humedad, el alimento está en la tierra.

Hoy Arbol vive rodeado de los palos de un corral. Protegido?

Desgreñado su Follaje, que necesita un peinado.

Raíz que se sumerge hasta 20 metros, quizás más, en busca del agua y alimento que lo nutre. Así sobrevivió a las sequías, al clima del TerritorioAbaucan.

Y Raíces que se desparraman, abrazándose al terreno. 100 años abrazando amorosamente la tierra que lo sustenta.

Unos cuantos hombres habrán retozado bajo sus ramas. Cuánta historia habrá basado bajo su sombra.

El bosque, los hermanos, desaparecían para dejar lugar a pastos de ganado, para viñedos y frutales forasteros.

Habrá sentido fríos polares, nevadas y ventiscas, rayos capaces de partir su tronco en dos y quemarlo hasta la muerte.

Dio generoso sus Chauchas, Frutos dulces que alimentaron toda una Cultura. Y madera, y leña.

Entregó Retoños cuyos descendientes, probablemente, estén viviendo a su vera.

Es, aún, residencia de nidadas de aves e insectos.

Y aún vive…

Árbol digno de alabanza,

de respeto,



Wolframio!!!” exclamó el geólogo en mientras exploraba en montañas abruptas, de piedras filosas, que asomaron del fondo del mar en tiempos Mesozoicos.

“Wolframio!!!” exclamó y con la noticia se volvió a Buenos Aires a notificar su hallazgo.

En los años 30 del siglo pasado se abrió la mina desde donde se extrajo tungsteno hasta los 90.

La Montaña también fue generosa en estaño. Hoy yacen abandonadas solo visitadas por caminantes intrépidos en busca del sabor de la aventura y la energía del Paisaje.

Tempranito a la mañana en el punto de encuentro Paul, guía oficial habilitado, y Gaby prendían el fuego para recibir a los excursionistas con mate cocido calentito y tortillas recién hechas.

La mañana es fresca y la excursión será larga.

Una de las magias de la montaña es que brota Amistad entre los caminantes. A veces describir las sensaciones que origina caminar en compañía de amigos es tarea superior a las capacidades de este redactor. Dejaremos que sean las fotos las que describan el paisaje y cada observador produzca sus propias sensaciones.

Arrancamos por la quebrada Cola de Ratón, caminando por el cauce seco del río. La imaginación recrea la visión del poder del agua arrasando vegetación rodando rocas, piedras que alguna vez estuvieron en las laderas de las montañas.

Al poco de andar llegamos a un refugio de mineros, a orillas del río de piedras, al pie de la ladera que hemos de ascender. Ahí viene la prueba de resistencia, por los senderos que en otros tiempos fueron pisados por los burros que subían suministros a la mina y bajaban el mineral.

A 2.200 msnn está la mina, una garganta que entra a las tripas de la montaña como entraría a la barriga de una ballena. Al Oeste, velado por el polvo que el Zonda suspendió en la atmósfera el valle del Abaucán, Fiambalá, como un oásis, y apenas visible, la Cordillera de los Andes. Hacia el Este la Sierra de Fiambala, valles, quebradas y cumbres que se pierden en el horizonte.

Decía el poeta que al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar así que Paul nos llevó de vuelta por la Quebrada del Arbolito.

“Eureka” dijo el caminate cuando encontró la confraternidad, y volvió a casa con el alma henchida de amistad.




Cuando sopló el Zonda, al día siguiente el aire queda impregnado de polvo en suspensión. Amanece un Sol paliducho que ilumina el paisaje en tonos pastel. Sopla aún un aire agradablemente fresco. Buena mañana para un paseo.

Desde el barrio La Ramadita se ve en frente, mirando al Este un conjunto geológico de lo más atrayente, Los Overitos. Cruzando el cauce seco del Guanchín y del Abaucán comienza un suave ascenso por los depósitos aluviales que derrama de la Sierra de Fiambalá. Detritos sedimentados durante siglos y eónes, dibujados por torrentes de aguas salvajes como una red de raíces cuyo tronco es la quebrada del Molle.

Siguiendo esos cauces secos se llega a la quebrada donde se apoya una duna que sorprende por lo irreal de la inclinación de la ladera, una pendiente de 45º de pura arena.

Alrededor un paisaje migmático, de rocas que surgen de las profundidades marinas de hace 400.000.000 de años.

Tiene algo de irreal caminar con la conciencia puesta en los tiempos geológicos. La energía aún irradia de unas fuerzas que nuestra percepción es incapaz de desentrañar. La profundidad del significado no deja indiferente al alma sensible. La Luz, tamizada por el polvo suspendido en el aire, quizás sea premonición anímica de un misticismo desvanecido.

La Razón no tiene respuestas.

La vegetación es escasa, la humedad esporádica o, a veces, torrencial. Cuando así ocurre ruedan rocas de toda dimensión. Solo los molles, jarillas, las breas más resistentes clavan sus raíces con la garra suficiente para no ser arrastrados. Otras plantas bajan con la corriente a colonizar en valle. Huellas de insectos y pajaritos marcan la arena hasta que los próximos vientos los borren.

Toda forma viviente es delicada.

Reina un equilibrio sutil.

Desde lo alto de Los Overitos se ve la pendiente, surcada de las ramas del tronco que el agua, el viento y la arena dibujaron para la contemplación.

A nuestros pies el Valle del Abaucán.

Desde lo alto de Los Overitos camina por medanales que al mediodía pierden toda dimensión de volumen, la vista se engaña, las distancias son confusas.

La luz tamizada por el polvo realza al efecto.


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